El Monasterio de Pelayos de la Presa: nueve siglos de historia y patrimonio.
Visitamos este lugar junto a nuestros compañeros de blog, todos miembros de la Asociación de Bloggers de la Comunidad de Madrid, compartiendo una jornada dedicada a descubrir, valorar y difundir nuestro patrimonio.
El Monasterio de Pelayos de la Presa es uno de los grandes tesoros históricos de la Comunidad de Madrid. Declarado Bien de Interés Cultural en 1983, este monumento fue construido en el siglo XII y está considerado uno de los edificios medievales más importantes de la región, además de ser el único monasterio cisterciense de la provincia.
Su historia se remonta al siglo XII, cuando se documenta la existencia de doce ermitas en el valle. Ese elevado número de templos dio nombre a la zona, conocida como el Valle de las Iglesias. En el año 1150, Alfonso VII el Emperador agrupó aquellas comunidades eremíticas en torno a la ermita de la Santa Cruz, fundando el monasterio bajo la regla benedictina. Más tarde, en 1177, Alfonso VIII entregó el cenobio a la orden cisterciense.
A lo largo de los siglos, el monasterio fue incorporando distintos estilos arquitectónicos, desde el románico hasta el barroco. Esta mezcla de estilos refleja sus casi nueve siglos de historia y convierte al conjunto en un testimonio excepcional del pasado medieval y religioso de la zona.
Un edificio construido por etapas
La evolución arquitectónica del monasterio permite recorrer buena parte de la historia del arte medieval y moderno.
En los siglos X-XI existía ya la ermita de la Santa Cruz, sobre la que posteriormente se edificó el monasterio. Para conservar la antigua capilla mozárabe, parte de los cañones se rompieron y se estableció un giro de unos 13 grados en el claustro respecto al muro sur de la iglesia. Este giro es una de las características más singulares de Valdeiglesias.
En los siglos XII-XIII, tras la fundación del monasterio, se construyó el primer edificio con materiales reutilizados. Hacia 1180 se levantaron los tres ábsides de la iglesia, que son algunos de los restos románicos más importantes conservados. Parte del monasterio fue destruido por un incendio en 1258.
Durante los siglos XIV, XV y XVI, el conjunto fue creciendo con nuevas construcciones góticas, como las bóvedas de la iglesia, el claustro bajo, la sala capitular, el refectorio y otros espacios fundamentales para la vida monástica.

En el siglo XVI, durante el Renacimiento, se realizaron las obras del claustro alto, de estilo manierista. También se construyeron el noviciado, la hospedería, la torre y la panda oeste del claustro. Más tarde, en el siglo XVII, se añadió la fachada occidental de la iglesia, de estilo barroco. En 1743, un nuevo incendio destruyó el claustro y parte de sus dependencias.
La vida dentro del monasterio
El monasterio estaba organizado en torno a la iglesia y al claustro, que era el centro de la vida cotidiana. Alrededor de él se distribuían los principales espacios de la comunidad: la sala capitular, el refectorio, la cocina, el calefactorio, el locutorio, la enfermería, el armarium y las zonas destinadas a monjes y conversos.

La Capilla Mayor, construida en el siglo XII en sillería de granito, era el espacio principal de culto. Junto a ella se encontraban otras capillas, como la capilla lateral, la capilla funeraria románica y la antigua capilla mozárabe, vinculada a la ermita original de la Santa Cruz.

Uno de los elementos más destacados era el coro bajo de los monjes, que contaba con una sillería de nogal realizada en el siglo XVI por Rafael de León. También resultan especialmente interesantes la Puerta de los Muertos, por donde se trasladaban los cuerpos de los difuntos hasta el cementerio, y la Puerta de Monjes, que comunicaba directamente la iglesia con el claustro.
El fantasma del Castillo.

El monasterio también contaba con espacios propios de la vida comunitaria. En la sala capitular, los monjes se reunían por la mañana para leer el capítulo, rezar y meditar. En el locutorio, el abad repartía cada mañana el trabajo a los monjes. El refectorio, donde se realizaban las comidas, conserva el solado original y el banco perimetral de granito, además de la base del púlpito desde el que se hacían las lecturas.

La cocina se situaba por debajo del nivel del claustro y contaba con un aljibe que permitía llevar el agua por gravedad hasta las pilas. Junto a ella se encontraba el oficio o calefactorio, uno de los pocos espacios del monasterio que disponía de fuego.

Otros espacios singulares eran las letrinas, muy excepcionales por su estado de conservación en un monasterio cisterciense; la enfermería, situada en el extremo sur de la panda oriental; el armarium, donde los monjes guardaban los libros utilizados para la lectura y la meditación; y la zona de conversos y cilla, vinculada al almacenamiento y a las tareas auxiliares del monasterio.

Los tesoros del monasterio
Tras la desamortización de 1836, muchos de los elementos de valor del monasterio se dispersaron. Aun así, algunos documentos y bienes artísticos de gran importancia han llegado hasta nuestros días.
Entre ellos destacan dos documentos fundamentales: el Privilegio Real del siglo XII y el Tumbo de Valdeiglesias, escrito en 1644 por uno de sus monjes, donde se recoge parte de la historia del cenobio.

También se conservan importantes bienes vinculados al Renacimiento español. El Museo del Prado conserva parte de las pinturas realizadas en el siglo XVI por Juan Correa de Vivar para el retablo mayor de la iglesia. Por otro lado, la magnífica sillería del coro, tallada por Rafael de León entre 1567 y 1571, puede visitarse actualmente en la Catedral de Murcia, donde fue instalada en 1864.
Otro de los tesoros destacados es el Terno de Tissu, tejido hacia 1590, que se conserva en el Convento de San Clemente de Toledo. Se trata de un conjunto de ornamentos litúrgicos en el que destaca el escudo del monasterio.
Un patrimonio recuperado
La etapa de mayor esplendor del monasterio tuvo lugar entre los siglos XV y XVI. Sin embargo, a partir del siglo XVII comenzó un periodo de decadencia que culminó con su abandono en 1836, tras la desamortización de Mendizábal.
En 1974 se abrió una nueva etapa gracias a D. Mariano García Benito, quien compró el cenobio y lo salvó de un futuro incierto. Posteriormente, en 2004, el monasterio fue donado al Ayuntamiento de Pelayos de la Presa, pasando a ser de titularidad pública. Desde entonces, una fundación trabaja en su restauración, conservación y puesta en valor.
El Monasterio de Pelayos de la Presa es, por tanto, mucho más que un edificio histórico. Es un símbolo de memoria, arte y patrimonio que ha sobrevivido al paso del tiempo y que continúa siendo recuperado para las generaciones futuras.