Y llegó el momento que no queríamos que llegara: nuestro último día en Cantón. Nos depedimos de la tortuga y de la casita de HomeExchange dónde hemos estado tan agusto.

Después de tantos días descubriendo la ciudad, sus mercados, sus calles, sus contrastes y esa mezcla tan curiosa entre tradición y modernidad, tocaba empezar a despedirse. Despedirse de todas las cosas diferentes, como que te salude un robot en el metro.

Como todavía teníamos unas horas antes de ir al aeropuerto, decidimos aprovecharlas para visitar uno de los lugares que más nos apetecía conocer: el espectacular Museo de la Ópera de Cantón.

En el interior pudimos acercarnos a algunos de los elementos que hacen tan particular a la ópera cantonesa: los elaborados trajes, los tocados, los accesorios, las máscaras y el maquillaje de los personajes. Todo está lleno de color y detalles.

La ópera cantonesa (粤剧, Yuèjù) no es simplemente teatro. Es una combinación de música, canto, interpretación, movimiento, vestuario y maquillaje, y durante siglos ha formado parte de la vida cultural de esta región. De hecho, el gobierno de Guangzhou considera la ópera cantonesa una parte fundamental de la cultura de Lingnan y ha impulsado diferentes iniciativas para preservar y transmitir esta tradición.

El museo nos pareció una forma perfecta de terminar nuestra estancia. La ópera cantonesa forma parte de la tradición cultural de la región y, a través del museo, pudimos acercarnos un poco más a este mundo de música, teatro, vestuario y personajes tan característicos.

El edificio y los espacios del museo también son muy especiales, y nos encantó poder terminar nuestro viaje con una visita así, más cultural y tranquila, después de tantos días recorriendo la ciudad.

En los alrededores encontramos tiendas con trajes tradicionales, la gente se disfraza y pasa el día vestido con el traje. La verdad que es súper divertido ver a la gente así.

Después de tantos días viajando, descubriendo lugares nuevos y acumulando experiencias, seguimos paseando hasta nuestro alojamiento, en realidad no me quiero ir y me quedaría una semana más.

Y entonces sí: llegó la hora de recoger nuestras cosas y dirigirnos al aeropuerto. Comimos en un sitio al lado de casa que pintaba muy bien.

Nuestro vuelo salía a las 22:30 h, así que todavía teníamos unas últimas horas para asimilar que el viaje estaba llegando a su fin.
Paseamos por sus calles por última vez.

Y de su gente.

Nos marchábamos con la maleta llena, aunque no tanto de cosas como de recuerdos: lugares que habíamos descubierto, comidas que habíamos probado, situaciones inesperadas, mercados, calles, edificios, fotografías y un montón de pequeños momentos que seguramente recordaremos durante mucho tiempo.
Cantón ha sido una de esas ciudades que quizá no se entienden completamente a primera vista, pero que poco a poco te van sorprendiendo.
Y así, después de 21 días de viaje, tocaba decir:
¡Hasta pronto, Cantón!
Nos vamos, pero sentimos que dejamos allí una pequeña parte de nosotros… y que, de alguna manera, nos llevamos un pedacito de Cantón con nosotros.